miércoles, 14 de marzo de 2018

Día del Agua 2018

Con motivo del Día Mundial del Agua (22 de marzo), celebramos las aguas impolutas de nuestros arroyos, ahora crecidos con la lluvia tras una larga sequía (que aún así se anuncia estructural, con el desajuste climático). “Alabado seas, mi Señor, por la hermana Agua” dijo San Francisco de Asís. Marx y Engels, por su parte, denunciaron la alteración de las cuencas vertientes que deja “sin agua sus fuentes”. Porque sin bosques (que también tienen su Día Mundial, el día 21) no hay agua.

Según la Comunidad de Madrid, al desaconsejar en 2002 nuevas construcciones en las afueras de Los Molinos, nuestro término “en las laderas de Siete Picos” sirve de “área captadora de agua, declarada Zona Sensible dentro del Plan Hidrológico de la Cuenca del Tajo, cuya pervivencia, de continuar la tendencia de crecimientos y ocupaciones del suelo (...) está seriamente amenazada, con las consiguientes consecuencias sobre los recursos que abastecen a la Comunidad”.

Consecuencias como las que se están viendo en Ciudad del Cabo (una urbe próspera de 3 millones y pico de habitantes, como el Madrid municipal), donde se ha fijado un tope de consumo de 50 litros por cabeza y se prevé cerrar los grifos en mayo, tras una etapa de “urbanización y corrupción” que nos debe de sonar.


Otras urbes cuidan de sus cuencas vertientes, como Munich o Nueva York y cada vez más ciudades, al proteger el suelo y fomentar la ganadería extensiva y la agricultura ecológica para que el agua que se capte sea limpia. Para ello se reparten ayudas que resultan una inversión rentable al caer los gastos de potabilización y de depuración y, con el tiempo, de salud.


Se advierte que el agua será fuente de conflictos (y ya lo es), y que las guerras por el petróleo darán paso a otras por el agua. Y aunque no seamos más responsables que otros del derroche consumista que lleva a la guerra, como custodios del agua de Madrid, al preservar el suelo por el que se cuela, contribuimos a la paz.


Algunos arroyos molineros, sin embargo, estuvieron secos hasta el último día de febrero, cuando por fin nos llegó una borrasca, impulsada por el calor del Ártico. El de Matarrubia tenía un triste aspecto (aunque suele ser estacional), y pocos han visto el de la Ventilla casi seco en febrero, y así estaría aún de no ser por el frente ártico.


Los arroyos de piedemonte, aunque decaen a finales del verano, no han dejado de bañar la cuenca a través de Matarongiles. El de Majaltobar(es) tenía un caudal generoso hasta en febrero, al igual que el de la Peñota. Ídem el de los Irrios (o de las Pilillas), cuyas aguas retiene su presa mellada. Los arroyos de los Robalejos y de las Atalayas también bajaban caudalosos incluso con la sequía, mientras que el de los Mingones la acusó más.

Todos alimentan un río que sufre múltiples agresiones, según un reciente diagnóstico. El estudio denuncia invasiones de las márgenes que estrangulan el río, alcantarillado en el mismo cauce con riesgo de infiltración, acumulación de residuos y escombros, vertidos de aguas negras y de aceites, etc. Aún así, pervive algún calandino y lamprehuela.

El estudio propone atajar el “descontrol de los últimos años” en lo urbanístico, y derruir las usurpaciones “que no sean vivienda propiamente dicha”. Hay que “despejar el cauce de escombros”, “alejar las redes de saneamiento” y “derruir las tapas y elementos de hormigón que ya no están en uso”. Y aboga por un “plan de gestión integral”, cuya ausencia “deja desprotegido el ecosistema del río”. Con lo cual la Confederación Hidrográfica debe poner manos a la obra.

No en vano, en vísperas del Día del Agua, se trataría, como apuntaron en la jornada de limpieza que convocamos de la mano del ayuntamiento, de dejar de vivir de espaldas al río que al pueblo le dio razón de ser.
El río Guadarrama donde bordea el Parque del Doctor Rodríguez Padilla (Foto: Adela)

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